Becerra reflexionó sobre la calidad de los contenidos en tiempos de proximidad con los usuarios y cambios de los marcos regulatorios, la convivencia de los nuevos medios con los tradicionales y la mudanza radical de los usos sociales de los medios.

 

Martín Becerra es profesor titular de la Universidad Nacional de Quilmes y la Universidad de Buenos Aires, investigador del Conicet y autor de libros como Wiki Media Leaks: la relación entre medios y gobiernos de América Latina bajo el prisma de WikiLeaks (2012) y De la concentración a la convergencia. Políticas de medios en Argentina y América Latina (2015), ha puesto en debate las transformaciones del sistema de medios en un contexto de globalización de los procesos de información y comunicación. En entrevista para NeoMediaLab, Becerra analizó el estado actual de los marcos regulatorios y las dinámicas de producción y consumo de contenidos de mass media. Argentina es un recorte de lo que pasa en el escenario global. A pesar del innegable avance de la tecnología, la agenda pública sigue centralizada y las redes sociales reproducen los contenidos de los grandes medios informativos. ¿Qué tienen por ofrecer los medios? Todo está puesto en duda.

 

¿Cómo leer el panorama actual de los medios de comunicación en América Latina?

 

Tenemos un contexto global de transformación del sistema de medios. Lo que ocurre en cada país presenta características más idiosincráticas dentro de un marco de transformación al que no escapa ninguno de los medios en ningún país del mundo. Esta alteración es producto de la mudanza del uso social de los medios, la significación que tuvieron durante siglos está cambiando de manera radical y eso descoloca el lugar que ocupaban, modifica el circuito productivo, y también la ecuación económica.

 

Todas las organizaciones de medios, ya sean comerciales, empresariales, estatales o comunitarias, están aturdidas respecto a qué posición y estrategia adoptar frente a un cambio de escenario global donde la sociedad usa los contenidos de modo distinto, en diferentes momentos y con otras rutinas.

 

¿Cómo se manifiesta ese cambio?

 

En algunos casos los usuarios producimos contenidos y en otros accedemos a ellos o los consumimos sin estar sujetos a una lógica de programación clásica. Es lo que llamaríamos la desprogramación. Eso aturde y conmueve desde los cimientos a la industria de la televisión, la radio y la prensa.

 

Sin embargo, el problema que tienen las industrias de producción de contenidos es que escasamente pueden rentabilizar los costos de producción y, al tiempo que disminuye la inversión,  la producción se precariza; no se cubren los costos ni la rentabilidad esperada por parte de sus dueños. En consecuencia, se debilita la curaduría y la calidad en aras de estar más próximos al usuario. La idea de proximidad reemplazó a otros ideales que regularon los procesos productivos.

 

Entonces, tenemos la paradoja de que existe un contexto inédito de expansión de posibilidades para llegar a los usuarios con muchos contenidos pero -al mismo tiempo- hay una retracción económica de los ingresos que genera la producción de contenidos y un consecuente debilitamiento de su calidad. Para los usuarios es muy evidente la diferencia sideral que existe entre la calidad de los contenidos de series que se producen en otros países y las que se generan a escala local. En muchos casos se trata de calidad técnica, ni siquiera estoy hablando de creatividad. Cuando digo calidad técnica me refiero a las posibilidades corales que presentan las series extranjeras contra los argumentos muy secuenciales y poco diversos en materia de actores que tienen las tramas de ficción locales.

 

Asimismo, el contexto de globalización expone a los medios periodísticos locales a la metáfora de el rey está desnudo. Al tener la oportunidad de comparar los contenidos periodísticos locales con producciones extranjeras como los programas de la CBS o un medio público europeo, los lectores de medios o los radioescuchas locales perciben que  es un ideal muy lejano para las posibilidades materiales de producción de un país periférico y pobre como Argentina.

 

Soy bastante crítico de la precariedad de recursos que se emplean en la producción de información, es una obsesión del segmento de la población al que pertenezco que es un público muy consumidor de noticias e información. A la mayoría de los habitantes no es algo que les preocupe de manera central, no es que uno vaya al mercado y la gente está preocupada por el bajo nivel que tienen los productos periodísticos en el país. Yo creo que es un tema preocupante en términos de política pública porque es importante que una sociedad tenga diversidad de fuentes informativas y perspectivas de análisis.

 

Cuando se da la combinación de apoyo estatal y formación de capacidades, las industrias de la información tienen un buen desarrollo. Evidentemente, si hay recursos  -por eso digo que se trata de posibilidades materiales y no creativas-, hay una diversidad muy interesante. Producciones masivas, de nicho, creativas, de buena calidad y también de mala calidad. La industria del cine argentino es una buena muestra de esa diversidad, la política de cine ha mantenido ciertas continuidades desde 1994 hasta la fecha que han permitido financiar las producciones cinematográficas. Con esas condiciones materiales y, por supuesto, los recursos intelectuales que hay en nuestros países, se puede desplegar una buena industria. Si el Estado retira el financiamiento de la actividad cinematográfica no es posible que sobreviva sólo con creatividad intelectual. Se requiere intelecto, pero también materialidad.

 

A propósito de lo que comentas, ¿qué está pasando en materia regulatoria en Argentina y otros países de la región?

 

En Argentina y otros países de América Latina hubo cambios regulatorios en los últimos diez o quince años que tuvieron dos grandes detonadores: el cambio tecnológico y la construcción de políticas públicas. Bajo el primer detonador países como Colombia, que no cambian su regulación por motivos políticos, si lo hacen por motivos tecnológicos. Los cableros colombianos están pidiéndole al Estado que regule a Netflix y no se trata de una regulación Estatal que postule la necesidad de incluir a actores excluidos, es un pedido de regulación defensiva de las empresas de televisión paga sobre la tecnología.

 

En otros países de América Latina, el detonador fue la construcción de una política pública. En el caso de Argentina, a partir del año 2009 se propuso una Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual que alteró el posicionamiento histórico del Estado con relación a los medios de comunicación. El gobierno rompió la alianza que sostenía con un grupo empresario que era el principal multimedios del país y, al romper esa alianza, comenzó a postular la necesidad de regular las condiciones de concentración excesiva de la propiedad que tenía el sistema de medios tradicional. Sin embargo, no cuestionó la concentración de la propiedad de otras tecnologías que son convergentes con los medios como las redes de telecomunicaciones y conectividad de internet. Se trata de un caso paradigmático porque, el mismo gobierno que impulsó la creación de una política pública y logró su sanción con un debate social y político muy intenso, una vez que el congreso aprobó la reforma legislativa irrespetó los objetivos propuestos.

 

Son los límites de los gobiernos de América Latina que dicen una cosa y hacen otra. Lo grave, es que esto allanó -creo yo-, el camino para que el gobierno de Mauricio Macri, que asumió la presidencia en diciembre de 2015, pudiera desmotar de manera tan veloz y radical los capítulos centrales de aquella legislación. No se comprende cómo, un gobierno tan cuestionado cuando intenta desmontar parte de la política pública en educación, en materia de derechos humanos o de designación de jueces para la Corte Suprema de Justicia, no tenga casi ningún cuestionamiento ni problema cuando desmonta aspectos centrales de la regulación del sector de medios de comunicación, un tema central de debate público y caballito de batalla de los seis años previos.

 

Este gobierno avanzó a través de decretos y resoluciones, es decir, de forma muy poco republicana y respetuosa de la distribución de poderes que rige nuestra Constitución. Eliminó los topes a la concentración, permitió ampliar el plazo de explotación de las licencias, metió mano en contenidos de los operadores de televisión paga, facilitó casi toda la estrategia expansiva del grupo Clarín, en particular, y de otros grupos concentrados, en menor medida.

 

Así estamos hoy, en una situación de cambalache regulatorio. Tenemos una especie de Frankenstein conformado por leyes que en parte siguen vigentes, votadas por el Congreso, promulgadas por el Ejecutivo y validadas por la Corte Suprema de Justicia, como es la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, pero afectada de manera terminante por decretos que se superponen y se contradicen entre sí. El mapa de actores con los que el gobierno interactúa son tres o cuatro: el grupo Clarín, Telefónica, Telecom y DIRECTV, considerados los principales actores industriales de las actividades de medios y telecomunicaciones. El resto no tiene peso suficiente para ser parte de la deliberación y gestión de políticas.

 

¿Un contexto en el que también se des- localiza el proceso de producción de contenidos?

 

Hay procesos de internacionalización que algunas industrias de la información tienen más acelerados que otras. Por ejemplo, la industria de los videojuegos -que en Argentina cuenta con políticas estatales- está hiper internacionalizada. Una parte del proceso productivo de un video juego global se desarrolla en el país y otra se realiza en la India, no importa donde, la ejecución de los procesos productivos está muy deslocalizada.

 

En algunos casos, la inserción a nivel global es sólo de una parte del proceso productivo y en otros casos, como en el cine, hay de todo, desde coproducciones hasta producciones integrales. El contexto de la globalización de los procesos de información y comunicación es de mucha especialización y la especialización está vinculada con la espacialización.

 

En la industria televisiva argentina cada vez hay mayor integración de los líderes del mercado. Ese es el motivo por el que la multinacional estadounidense Viacom pagó más de 340 millones de dólares en 2016 por la licencia de Telefe, el canal líder en rating en el país. Entonces uno dice: ¿Pero, cómo? ¿La TV está muerta y estos tipos están invirtiendo fuerte en una red de canales de televisión? Bueno, sí. Pero los nuevos dueños del canal dicen tener un proyecto de regionalización de los contenidos de Telefe a escala latina. No es el caso de la industria de contenidos periodísticos. Al menos en Argentina no se han articulado procesos que desborden las fronteras de este país como ocurre en Chile.

 

¿Cómo conviven los medios tradicionales con las redes sociales y las nuevas tecnologías?

 

Es complicado. El 25 de mayo (de 2017) hubo una entrevista a Cristina Fernández de Kirchner en una señal de noticias de cable. Lo que pude ver, diez hora más tarde de la emisión, fue que los diarios tenían reacciones que oscilaban entre la condena o la adhesión emocional, exactamente lo mismo que había sido replicado en Twitter por la noche. Entonces, para reproducir lo que hace Twitter no voy a comprar un diario ni a molestarme en leer una columna de ochenta líneas. En mi caso, como consumidor de medios y lector bastante ávido de reflexión, esperaría un análisis superador de lo que vi en Twitter. Este es un mero ejemplo de la inmensa transformación del lugar que ocupaban los medios. Ni los propios medios saben qué ofrecer y a quien dirigirse, todo está puesto en duda.

 

Por otra parte, creo que los contenidos de los medios tradicionales nutren a las redes sociales, no están abandonados ni rivalizan. En muchos casos, las redes sociales son vicarias y reproductoras de esos contenidos. Ahora, si me decís que es más fácil y veloz que algún acontecimiento importante ocurra en esta esquina y sea viralizado y conocido por otros, sí, obviamente es más fácil porque la tecnología lo acelera. Es un avance tecnológico innegable, como en su momento lo fue el teléfono de línea, pero no veo que haya una descentralización real de la agenda pública.

 

Siempre fui menos optimista que otros colegas, mi mirada es sociológica y, más que encandilarme con las novedades que ofrece la tecnología, me pregunto por qué nuestra sociedad sigue, a pesar de esa potencialidad tecnológica, reproduciendo los contenidos que producen pocos medios. Por eso te decía, las redes sociales siguen siendo hoy, después de diez años de funcionamiento, muy vicarias de la agenda de los grandes medios de comunicación. La importancia y la inversión económica que políticos, empresarios y otros actores continúan otorgando a los medios no está relacionada con lo que vende el diario de papel en el quiosco de la esquina, tiene que ver con que la tapa de ese medio va a ser reproducida en Facebook, Instagram y Twitter, lo cual crea y potencia tendencias.

 

Redacción NeoMediaLab